jueves, 3 de abril de 2008

HUMANIDAD

En todas las lenguas de nuestro ámbito cultural, hombre es equivalente a esclavo y por tanto su correspondiente abstracto humanidad equivale a esclavitud. Por eso, el que proclama "Homo sum..." no está proclamando una obviedad, porque lo obvio hubiese sido "Vir sum...", sino que está haciendo un acto de humildad. De ahí que la irrupción en nuestra cultura de una divinidad que proclama como el más noble de sus atributos, su humanidad; que nos viene a decir: "soy hombre", y no cualquiera, sino el más ignominioso de los hombres, el esclavo condenado a la última humillación reservada a los esclavos, la cruz; el que nos venga Dios con estas novedades, es que se están removiendo desde lo más hondo los cimientos de la humanidad. (Obsérvese que de la misma manera que el opuesto de homo es vir, el opuesto de humánitas debería ser virílitas. Y probablemente lo fue antes de contaminarse las palabras. Desviada la función de virílitas a otras significaciones, tendríamos que considerar que es dominatio el opuesto natural de humánitas, puesto que dóminus es el dueño, y homo el esclavo.)

Y lo que se remueve, es que se le reconoce carta de nobleza a la esclavitud, con lo que se opera la mayor y más profunda revolución de la historia (a su lado, la Revolución Francesa no es más que un breve apéndice; y fue también su desencadenante una cuestión de reconocimiento de dignidad. Lo único que querían los burgueses era ser admitidos a la categoría de nobles. Al negárseles esa dignidad, decidieron acabar con ella, sustituyéndola por la nobleza del dinero, proclamada como nobleza del trabajo, para que nadie se sintiese excluido).

Y no se detiene ahí la revolución. En las relaciones de la humanidad con la divinidad (en el judaísmo y el cristianismo, a diferencia de las religiones griega y romana, el hombre siempre es siervo en relación con Dios; obsérvese el título del sumo pontífice: Servus servorum Dei, "Esclavo de los esclavos de Dios") los sacrificios constituyen el acto de reconocimiento por parte del hombre, de su dependencia con Dios y de sus obligaciones para con él. Y como acto más tangible de esa dependencia, Dios le exige que le sacrifique asiduamente lo mejor que tenga: las primicias del campo si es campesino, los mejores animales del rebaño si es pastor, los enemigos vencidos si es guerrero, y como prueba máxima de sometimiento a su voluntad, le exige el sacrificio de los propios hijos (recuérdese el sacrificio de Isaac).

En ese contexto, para que Dios, a quien hay que ofrecer lo mejor que se tiene, acepte como sacrificio expiatorio de toda la humanidad y por tanto como la víctima más digna, un esclavo en el paroxismo de su ignominia, en la cruz; para que esto ocurra, sólo una condición puede darse, y es que la esclavitud y la cruz hayan sido elevadas a la más alta dignidad. Esa es la novedad del cristianismo: un hombre nuevo, una cruz resplandeciente y gloriosa, una esclavitud dignificada. Y lo más digno de esa esclavitud no es el servicio (la simple condición de esclavo), sino el trabajo. En el nuevo orden humano, el esclavo se dignifica gracias al pan y al vino que salen de sus manos, que valen tanto como el más noble sacrificio: el del Dios-esclavo, y que efectivamente son aceptados por el Dios-señor como el más noble sacrificio. Dios no se hizo esclavo para acabar con la esclavitud, sino para dignificarla. No se hizo hombre para acabar con la humanidad, sino para mejorarla.

Mariano Arnal

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