sábado, 31 de mayo de 2008

Todas las caras del Renacimiento

El Prado acoge una histórica muestra dedicada al retrato como género en sí mismo

ÁNGELES GARCÍA - Madrid - 31/05/2008

Es la exposición de la temporada en el Museo del Prado. Miguel Zugaza, director de la pinacoteca, va aún más lejos: "No creo que haya habido tantas obras maestras dentro de una misma exposición en ningún otro momento de la historia del museo". Un paseo entre los sublimes retratos del Renacimiento convencerá a más de uno (tras su apertura al público el martes) de que no se trata de una exageración. El marco temporal no está escogido al azar. Es en el Renacimiento cuando nace el retrato como género artístico autónomo (no ligado a la ornamentación de los edificios) y alcanza cotas que nunca fueron superadas. ¿Por qué? Por las mismas causas por las que se encarga un retrato. El amor, el afán de hacer presentes a los ausentes, la afirmación del propio estatus... Las causas pueden ser múltiples y todas se dan el Renacimiento.

El retrato del Renacimiento es la primera muestra en la que se aborda el género de manera global. Con 130 obras maestras de Jan van Eyck, Rubens, Piero della Francesca, Durero, Tiziano, Rafael, Botticelli o Antonio Moro. Organizada en colaboración con la National Gallery -la exposición viajará a Londres a partir de octubre-, es ésta una muestra de extraordinaria complejidad, según Zugaza, quien indicó que ha habido que conciliar las voluntades de muchas instituciones. El 40% de las obras pertenece a los fondos del Prado y el resto son prestadas.

¿Y si tuviese que destacar nombres? El director argumentó ayer que todas las piezas eran obras maestras y que, además, hay artistas que comparecen por primera vez en este museo como es el caso de Piero della Francesca, Jan van Eyck, Domenico Ghirlandaido, Giorgiones, Holbein o Tullio Lombardo. "Esta exposición eleva el nivel académico del museo".

Miguel Falomir, jefe del Departamento de Pintura Italiana del Renacimiento del Museo del Prado ha comisariado tan singular muestra. "El retrato es uno de los temas más importantes de la historia del arte, pero nunca había sido objeto de una exposición como género pictórico autónomo. Los primeros que se conocen pertenecen a Giotto, pero sólo tenemos constancia escrita, no se conservan". Falomir refleja en la exposición 200 años de la historia de la pintura, los siglos XV y XVI en Europa y más concretamente en los Países Bajos, Alemania e Italia. "Las obras se centran en lo que se conoce como retrato democrático", aclara Falomir. Hasta entonces, sólo se hacían retratos de los príncipes, reyes y papas. En el Renacimiento, los artistas empiezan a recibir encargos de personas de casi todo el espectro social. Los matrimonios pudientes encargan retratos pareados, los padres piden que se inmortalice a sus hijas en la víspera de la boda, el marido deja su recuerdo pintado a la esposa... Cada cuadro arrastra una historia humana y el mérito del artista está en saberla contar. ¿Un ejemplo? El retrato de Mary Neville, baronesa Dacre, realizado por Hans Eworth en 1555. En primer plano, aparece la robusta baronesa con una expresión de profunda tristeza. Al fondo cuelga un pequeño retrato en el que se adivina al esposo. Un nombre y una fecha en el marco dan la clave de la desolación de la mujer. Es la fecha en la que su marido había sido ahorcado, a los 24 años, como delincuente común. Había matado a un sirviente durante una expedición de caza furtiva. Y ella se queda sin marido, sin casa y sin tierras.

En la exposición, ordenada cronológicamente, se observa que el retrato fue de pequeño tamaño (de 30 a 40 centímetros) en sus inicios. Estaban pensados para ser guardados en cajas, que hacían las veces de álbumes fotográficos. Según avanza el siglo XV, crecen en tamaño, pues son encargados para que todo el mundo los contemple. Los retratos de Tiziano que ocupan la última sala alcanzan hasta los tres metros de altura.

Poco después del maestro italiano el recorrido toca a su fin. Y surge la pregunta ¿Hay ausencias de peso? "La Gioconda, reconoce Falomir. El Louvre nunca la presta. Aunque con la que hay montada con El código da Vinci, casi mejor".

BALAGUER O EL CAUDILLO CAMALEÓNICO Bernard Diederich

Al conocer a Joaquín Balaguer cuando era vicepresidente y luego presidente nominal cuando "El jefe", me sentí, al principio, muy poco impresionado. Mi primera impresión fue: qué burócrata tan sumiso e incoloro. Ningún periodista, dominicano o extranjero, de los que yo conocía entonces pensaba que este modesto y callado dominicano, de baja estatura, tendría un futuro significativo después que un valiente grupo de dominicanos eventualmente diera prueba de que Trujillo era tan mortal como el que más.
Durante una entrevista, años después, Balaguer me obsequió una pila de libros para que los leyera. Sin embargo, tal vez astutamente, no me dio su libro: "La política internacional de Trujillo".

La vieja limosina presidencial que Trujillo le había prestado a Balaguer, cuando éste último se convirtió en el presidente sustituto, a menudo se veía estacionada frente a la modesta casa de una de las hermanas de Balaguer durante la hora de almuerzo, en Ciudad Nueva. Todo en el hombre irradiaba modestia. ¿Cómo pudo una figura tan anodina convertirse en un caudillo tan duro como cualquier otro en la misma posición?
Cuando Trujillo fue asesinado, nosotros los que estábamos en los medios de comunicación esperábamos que Joaquín Balaguer saliera rápidamente del escenario.

Supuestamente, él no tenía futuro. Sin embargo, este modesto hombre de baja estatura había aprendido una que otra cosa durante su permanencia en la tiranía como intelectual. Era natural que tuviera más experiencia política que cualquier dominicano aparte de El Jefe, por cuanto la política era exclusivamente una profesión trujillista dirigida desde el palacio.

El panegírico leído por Balaguer, como presidente, durante los funerales de Trujillo fue un indicio. Fue, obviamente, su buen manejo de la política lo que hizo parecer a Balaguer como un Papá Noel frente a la clase obrera. Nosotros mismos fuimos testigos cada mañana del asombroso espectáculo de las multitudes que se formaban frente al Palacio Nacional en espera de recibir cualquier cosita de parte de Joaquín Balaguer. Su bondad, al distribuir cantidades de regalos, como si fuera Navidad, incluyendo hasta carros de concho, de las vastas propiedades de la familia Trujillo, le ganó no solamente elogios sino fieles seguidores por siempre.

Trujillo tenía sus partidarios y estos transfirieron su lealtad a Balaguer. No obstante, como presidente, le volvió a poner el nombre de Santo Domingo a la ciudad.
Pero la liberal Unión Cívica Nacional era anti balaguerista y quería unas "Navidades sin Balaguer". Veinticuatro días después de las Navidades de 1961, Balaguer dejó la presidencia e inició su viaje al exilio. Habiendo sido testigo de la salida de Balaguer del palacio y de haber escuchado su último adiós, de nuevo me pregunté cuál sería su futuro. Después de todo, él conocía los peores secretos del régimen.

Ningún político dominicano fue tan duramente clasificado como Balaguer. Sus escritos, especialmente los que trataban sobre su vecino, Haití, lo mostraban como un racista. Sin embargo, les daba la mano a todos sin importar su color - aunque le gustaba limpiarse las manos con un paño mojado en alcohol luego de cada apretón de manos mientras estaba en su continua campaña electoral. No era un hombre materialista - excepto por los libros - su único interés práctico era el poder y el país. Sus regímenes recibieron críticas mixtas.

SUS OBRAS

Fue un constructor de viviendas de bajo costo, carreteras, parques, un zoológico, un cementerio, nuevas represas, una biblioteca, un museo dominicano de antropología y de otras obras de infraestructura. Sin embargo, una insensatez espectacular que el país no podía darse el lujo de costear fueron los millones gastados en el Faro a Colón, que emite una luz que se refleja en el cielo en forma de cruz.

Usaba un tono de voz tan humilde durante las entrevistas que uno sentía deseos de gritarle para que dijera alguna noticia periodísticamente interesante. Tuvo un liderazgo fuerte alimentado de una mezcla de paternalismo, autoritarismo, corrupción casi legal y represión.

En los años que pasé investigando el asesinato de Trujillo para mi libro, "La Muerte del Chivo" (1978), no encontré rastros de nada mal hecho de parte de Balaguer. Y él ayudó a salvarle la vida al obispo Thomas Reilly, quien había sido apresado por el ejército del Jefe en esa época.

Balaguer fue lento en ajustarse al sistema democrático, especialmente en lo que concierne a las elecciones. En el período posterior a la invasión estadounidense, bajo el mandato del presidente Johnson, Balaguer gobernó junto a los militares. Fue un período oscuro conocido por las actividades de "la banda", los cuales "desaparecían" a los opositores izquierdistas del régimen.

Siempre tuve el presentimiento, a pesar de su eventual amistad con el doctor José Francisco Peña Gómez, que Balaguer nunca, mientras viviera, aceptaría a un negro como presidente de su país.

En resumen, Balaguer fue el último de los caudillos, la última figura paternalista para muchos dominicanos. Ahora, conforme éstos observan la cruz (del Faro) en el cielo, pueden esperar que los líderes más jóvenes y modernos llenen el vacío que ha quedado al frente de la mesa.

Al morir, Joaquín Balaguer se llevó muchos con él. Algunos todavía quieren saber, ¿qué le pasó a Orlando?" ¿Lo sabremos algún día?

El Caribe, 18 de julio 2002